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Mitos sobre los emprendedores parecen pero no son

El doctor Rodrigo Varela en su libro “Innovación Empresarial; arte y ciencia en la creación de empresas” (Pearson Educación de Colombia, Bógota) menciona una serie de mitos generalmente aceptados. A veces el sentido común o nuestra experiencia parecen reforzarlos, pero veamos en este artículo cómo son derrumbados.

Los empresarios no analizan, van haciendo las cosas

Con gran frecuencia los empresarios plantean un desprecio hacia los métodos de análisis formal cuando dicen: “Yo para mis negocios no hice nunca un estudio”. La verdad es distinta, los empresarios exitosos por un largo periodo no se arriesgan por corazonadas o por impulsos emocionales. Analizan muy bien la oportunidad, la miran por todos lados, la evalúan con un software mental que ya tienen estructurado y que recibe datos por todos los sentidos, calculan cuidadosamente sus movimientos antes de actuar, comparan los resultados previstos con sus objetivos, y una vez están claros, efectivamente, actúan.

Para el amante de este mito, una sugerencia: pregúntele a un empresario de verdad cuántas veces ha dicho no a una propuesta de negocio y cómo hizo para llegar a esa conclusión, y se dará cuenta fácilmente, de que sí efectúa análisis y muy profundos, tal vez no en el papel, pues no fue así como aprendió a analizar, tal vez no en la forma en que los académicos lo hacen, pero sí en la forma consciente y racional.

Los empresarios nacen, no se hacen

Existe evidencia clara de que muchos empresarios no tienen ancestro empresarial, entendido esto como hijos de padres empresarios, y muchos de los que no son empresarios provienen de padres empresarios. La verdad es que los empresarios se forjan mediante aprendizaje y experiencias educativas que combinan en proporciones diversas lo formal y no formal. Nadie va a negar que se requiere salud, energía, un poco de inteligencia, como características biológicas necesarias pero no suficientes. Tampoco se va a negar que se precisan conocimientos y habilidades que no se dan al nacer sino que se desarrollan en función del ambiente en que se viva: iniciativa, toma de decisiones, capacidad de riesgo, creatividad, etcétera. Pero el ser empresario implica unos atributos y unos conocimientos que son adquiridos y aprendidos.

Todo lo que se necesita es dinero

Esta es la disculpa más frecuente de quienes no son empresarios para explicar su falta de creatividad, decisión e iniciativa. Una de las habilidades empresariales es identificar y conseguir recursos y, entre ellos, recursos financieros. Otro aspecto suficientemente documentado en investigaciones a nivel mundial es que, en general, la mayoría del dinero que se invierte para empezar una empresa proviene de ahorros personales, de los familiares y de los amigos. Incluso muchas veces la abundancia de dinero más que una ayuda es un perjuicio, pues no se valoran las decisiones y se cometen grandes desperdicios económicos.

Existen muchas formas de hacer un proyecto y la tarea del empresario es identificar la forma que es funcional para su nivel de recursos.

Todo lo que se necesita es suerte

En este se escudan los que no son empresarios, pues no entienden que hay personas que estuvieron en el lugar indicado en el momento apropiado y fueron capaces de captar la oportunidad que se les presentó. La suerte es la capacidad de ver y apreciar las oportunidades, es el trabajo serio que se hace en búsqueda de algo, es aprovechar y maximizar las épocas buenas y minimizar el impacto de las épocas malas. La idea es crearnos la suerte y no esperar a que ella nos llegue; o sea: crear la empresa y no esperar a que alguien nos la traiga.

Es importante que el empresario tenga conciencia de que siempre habrá resultados no sujetos a su control, que él trabaja con información incompleta y que, por tanto, siempre hay riesgo; pero que esos riesgos se aminoran a medida que se prepare para enfrentarlos y no a medida que simplemente confíe en que la buena suerte lo protegerá.

Con el primer negocio me enriquezco

Con gran frecuencia, las personas esperan identificar un negocio que en poco tiempo les resuelva sus problemas económicos y rechazan mientras tanto ideas de negocios porque no muestran todo el potencial que ellos esperaban; la mayoría de estas personas con esta idea mueren sin encontrar ese Dorado, y obviamente mueren frustradas.

El proceso empresarial es un proceso continuado, en el cual se establecen permanentemente oportunidades de negocio y por lo cual lo importante es iniciar el camino, aunque de pronto las primeras acciones no sean tan rendidoras económicamente, pues éstas tienen la importancia de dar aprendizaje y acceso a negocios cada vez mejores. Este principio es el que maravilla de algunos empresarios maduros, a quienes con gran frecuencia se ve en nuevos negocios, y los novatos se preguntan:¿cómo lo hacen? ¿De dónde sacan tantas ideas? La respuesta está en que cada negocio genera múltiples nuevas opciones y eso le facilita al empresario su expansión.

El empleo es seguro, los negocios no lo son

Este mito se ha arraigado a tal punto que inclusive los profesionales viven asustados por el fantasma de la pérdida del empleo. Este mito le indica al profesional que no debe correr riesgos y que en ese sentido debe buscar algo estable y de por vida.

Los últimos años, tanto en los países desarrollados como en vías de desarrollo, adquirir un empleo no es garantía de poder conservarlo de por vida, pues las organizaciones con gran frecuencia toman decisiones de despido de personal, y en ese momento las personas quedan cesantes y sin muchas alternativas.

Realmente existen riesgos tanto en el empleo como en las empresas. A corto plazo es más arriesgado el mundo empresarial; a largo plazo es más arriesgado el empleo. Por tanto, este mito hay que cuantificarlo adecuadamente y no darlo por válido sin analizar las consecuencias.

Por: Rodrigo Varela, Ph. D. Director del Centro de Desarrollo del Espíritu Empresarial. Universidad ICESI, Colombia.

Publicado en la revista El Emprendedor Pontificia Universidad Católica del Perú – CENTRO DE INNOVACIÓN Y DESARROLLO (CIDE PUCP), 2007. NÚMERO 3 / 2007 Pag.19



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